Miles de muertos y desaparecidos, millones de refugiados. Por ahora. Ciudades enteras arrasadas. Como si lo que golpeó Japón no fuera un terremoto sino unas bombas nucleares. Como si lo que destruyó las casas no fuera un tsunami sino una guerra. De hecho, fue así. Pero los enemigos que golpean tan duramente no son la tierra ni tampoco la mar. Estos no son para nada instrumentos de venganza de una naturaleza que estamos acostumbrados a creer hostil.

La guerra en curso ya desde hace siglos no es entre la humanidad y el entorno natural, como muchos nos quieren hacer creer para asegurarse nuestra disciplina. Nuestro enemigo somos nosotros mismos. Nosotros somos la guerra. La humanidad es la guerra.

La naturaleza es simplemente su campo de batalla principal. Somos nosotros los que provocamos las inundaciones, al transformar el clima atmosférico con nuestra actividad industrial; los que destruimos las orillas de los ríos, cementado sus lechos y deforestando sus riberas; los que hicimos caer los puentes, construyéndolos con materiales de descarte elegidos para ganar las concesiones; los que eliminamos pueblos enteros, edificando casas en zonas bajo riesgo; los que contaminamos el planeta, construyendo centrales nucleares; los que criamos a los chacales, buscando el beneficio en cualquier circunstancia; los que no intentamos tomar precauciones contra eventos semejantes, preocupados solo en construir nuevos estadios, nuevos centros comerciales, nuevas líneas ferroviarias y nuevas líneas de metro; los que permitimos que todo esto pasase y se repitiera, delegando en otros las decisiones que en realidad afectaban a nuestras vidas.

Y ahora, después de haber devastado el planeta para movernos más rápido, para comer más rápido, para trabajar más rápido, para ganar más rápido, para mirar la televisión más rápido, para vivir más rápido, ¿osamos lamentarnos incluso cuando nos damos cuenta de que también morimos más rápido?

No existen catástrofes naturales, existen solamente catástrofes sociales.

Si no queremos seguir siendo víctimas de terremotos imprevistos, inundaciones excepcionales, virus desconocidos, o lo que sea, debemos actuar contra nuestro verdadero enemigo: nuestra manera de vivir, nuestros valores, nuestras costumbres, nuestra cultura, nuestra indiferencia.

No es a la naturaleza a la que hay que declarar urgentemente la guerra, sino a esta sociedad y a todas sus instituciones.

Si no somos capaces de inventar otra existencia y de luchar para realizarla, preparémonos a morir en la que otros nos han destinado e impuesto.

Y a morir en silencio, así como siempre hemos vivido.

 

 

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